A la orilla de un
mar cristalino que lamiendo las costas de este país intenta diluir tantas
vergüenzas, introduzco una fotografía y una nota en una botella que arrojo en
brazos del destino para que, mecido por las olas, cumpla su propio fin.
En el tiempo en el que se abre y se cierra el
obturador de una cámara fotográfica, una bala recorre el cañón de un
fusil. Dos segundos. Ese es
el tiempo en que tarda en cubrir una bala la longitud de un kilómetro e
impactar en su objetivo. A esa distancia, enfoco a un joven soldado que se
afana en instalar una bandera blanca, encaramado a un poste del tendido
eléctrico. Justo en el momento en que
llega a la cima, presiono el disparador de mi cámara. Entonces, un
sonido rompe en dos el mundo y el soldado cae, en peso muerto, como fruta
madura que se desprende de un árbol. A continuación un silencio ensordecedor se
apodera durante un breve pero interminable espacio de tiempo de todo cuanto
rodea a la escena. Me pregunto, ¿habré matado yo a ese soldado?
Contemplando
nuevamente la fotografía en la terraza de un bar de mala muerte, a orillas de
este mar apuro la segunda botella de un asqueroso aguardiente con sabor a hiel.
Intento aliviar así el insoportable peso de esta maleta de reportero de guerra
que llevo a cuestas impregnada de
sangre, llanto y desgracia y llena de barbarie, vidas truncadas y muerte.
Introduzco la fotografía en la botella, mientras me pregunto si no serán mis
ojos una cámara que capta imágenes que se impresionan en mi alma y juego con la
idea de introducirme también en el interior de la botella y lanzarme en su
interior al mar, como un mensaje de redención para la humanidad. En ese momento, decido escribir estas
palabras que espero lleguen a ser leídas algún día por alguien... o no.