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sábado, 1 de noviembre de 2014

EPIDEMIA DE MIEDO

  Desperté y vi a cientos de personas tiradas en el suelo, en condiciones penosas, muriendo indignamente. Muchos de ellos eran niños, sin síntomas todavía, que permanecían al lado de sus madres agonizantes. Con ellos moría parte del futuro de este mundo. La gente huía de los enfermos y los abandonaba a su propia suerte. No existía ni siquiera la infraestructura necesaria para tratar a una población sana. En los medios apenas se ensalzaba la valentía y solidaridad de las pocas personas que permanecían junto a los enfermos. Las noticias se ocupaban fundamentalmente de los escasos contagios producidos en los países desarrollados. Entonces me levanté del sofá y apagué el televisor. Cogí el coche y me dirigí hacia el trabajo. Durante el trayecto me asaltaron algunas preguntas: ¿qué utilidad tienen los organismos internacionales?, ¿quién o qué determina el valor que tiene un vida?, ¿vale más la vida de un perro que la de un niño africano?, ¿a cuántos negros equivale la vida de un blanco?, ¿en qué momento olvidamos la solidaridad? Sumido en estas preguntas conducía como un autómata hasta que vi una luz roja. Detuve el coche a la altura del semáforo. Junto a él un adulto joven de complexión fuerte ofrecía sus pañuelos a los conductores. Subí rápidamente la ventanilla, era negro. Entonces descubrí que yo también había sido contagiado por una de las epidemias más nocivas para la humanidad, la del miedo.




martes, 9 de octubre de 2012

EL MURO

  En la noche del 12 al 13 de agosto de 1961 se construyó la mayor parte del muro de Berlín. Una obra de 155 kilómetros de los que 45 discurrían separando en dos dicha ciudad. El 15 de junio de ese mismo año el Presidente del Consejo de Estado de la RDA, Walter Ulbricht, a pregunta de un periodista negó que existiera interés en construir un muro. Pero aunque el muro se construyera físicamente en esos días, en la realidad llevaba mucho tiempo erigiéndose en algunas mentes que, posteriormente, consiguieron que dicha idea fraguara en un conjunto de personas con el poder necesario para imponer su construcción.
 
 
 
 
  Ahora bien, ¿qué dimensiones ha de tener un muro para que sea infranqueable por la imaginación?. ¿De qué material ha de construirse para que no pueda ser atravesado por los sueños?. Tres días después del inicio de su construcción, el centinela del Ejército Nacional Popular de la RDA Hans Conrad Schumann, de 19 años, consiguió huir saltando el muro, siendo así el primer soldado en hacerlo. Tras la caída del muro declaró que sólo se había sentido realmente libre desde el día de su caída (9 de noviembre de 1989).
 
 
 
 
 
  Todavía en Berlín se puede ver una parte del muro original. Allí donde no se mantiene en pie, una línea de adoquines sobre la calzada deja constancia de su recorrido a modo de gran cicatriz, en modo alguno comparable con las infinitas cicatrices cuya existencia produjo en la vida y los corazones de muchos berlineses. La canción Heroes (1977) de David Bowie relata la relación sentimental de una pareja que queda dividida por el muro.
 
 
 
 
  Sin embargo, el muro de Berlín no es ni el primer muro de la historia ni el último. De hecho, a día de hoy persisten muchos, compartiendo todos los mismos cimientos: la ignorancia, el miedo y la maldad, revestidos todos ellos de argumentos políticos, económicos o religiosos. Todos los muros se construyen con los mismos ladrillos: prejuicios e intereses. Un muro se empieza construyendo en la mente humana bajo la apariencia de un prejuicio. Cada vez que un prejuicio se asienta en la mente de una persona esta fija un muro en su interior y aporta, sin saberlo, una ladrillo a un posible muro  real. Estos muros mentales son el origen de los físicos.
 
   Vivimos en una época en la que quienes gobiernan pretenden que los muros visibles sean invisibles a los ojos de la humanidad (muro de Gaza, Cisjordania, Chipre, Corea, Ceuta, Melilla, EEUU-México, ...) a la vez que se toman medidas para que los invisibles sean bien visibles (desigual reparto de la riqueza, clases sociales, países ricos versus países pobres, ...). Paradójicamente, estas medidas que nos afectan a todos se pueden tomar bien en un país cuya capital, Berlín, tiene todavía fresca la herida del muro en sus calles aunque quizás no en la memoria de sus dirigentes o bien en Wall Street, la calle del muro. Así nos va.
 
 
 
 
 
   Todo muro, físico o mental, constituye en sí mismo una agresión. Una agresión para la libertad y para la inteligencia humana. Todo muro genera sufrimiento. Sin embargo, por muchos muros que se contruyan siempre habrá alguien al otro lado que aun no teniendo mucho, no renuncie ni a su vida ni a su libertad y este dispuesto a defender ambas cosas.
 
 
 
 
 
 
 
 
  Quizás nos iría mejor si en lugar de empeñarnos en levantar muros nos dedicáramos a construir puentes.

 

viernes, 2 de marzo de 2012

UN FUTURO MEJOR ES POSIBLE

     En la teoría clásica económica tres son los factores de producción: tierra, capital y trabajo. Durante muchos años las economías fueron básicamente agrícolas en ellas el factor estratégico era la tierra, de ahí que los poderosos fueran los terratenientes. Posteriormente, con la Revolución Industrial se produce una transformación de sociedades predominantemente agrícolas hacia sociedades industriales en las que el factor de producción determinante es el capital. Actualmente vivimos una era de revolución tecnológica, no menos importante que la industrial, en la que el factor esencial será el trabajo cualificado o talento (empresas como Google, Microsoft o Facebook requirieron para su puesta en marcha muy poco capital pero si mucho talento). Para que España pueda salir de esta crisis mejor posicionada cara al futuro debe de transformar su modelo productivo. Un modelo español basado en salarios bajos no es competitivo en un marco de globalización económica. Sencillamente los bienes españoles así producidos no son competitivos respecto a los procedentes  del sudeste asiático, por ejemplo. Por tanto, hay que crear el marco para incentivar la aparición y producción de ese talento, mediante acciones que supongan una retribución económica y social adecuada de ese talento.

Aplicando esa fórmula conseguiríamos, sin duda, una mejora del posicionamiento de nuestra economía en el contexto global, pero esto, a día de hoy, se antoja insuficiente. Cada día nos despertamos con varias noticias de índole económico, político o social que no contribuyen precisamente a nuestra felicidad. De un tiempo a esta parte, un sector cada vez más grande de la sociedad de determinados países se sienten cada vez mas infelices como consecuencia, fundamentalmente, del sistema económico actual. Un sistema que establece como una de sus bases lo que Clive Hamilton denominó el modo de vida esclavo, que es aquel que nos vende que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, cuanto más bienes acertemos a consumir, fundamentalmente si esos bienes se relacionan con un determinado estatus. Durante una época aquellos bienes que nos vendían como pertenecientes al estatus de mayor prestigio social y por tanto como una de las fuentes más completas de felicidad puesto que su posesión nos hacían parecer a ojos de los demás como unos triunfadores, han estado más al alcance de nosotros que nunca, ya que si no teníamos dinero para adquirirlo, el sistema facilitaba el crédito para su consecución. El problema es que esta vorágine nunca acababa, al poco aparecía otro producto que era el que realmente nos iba a hacer felices (obsolescencia económica programada). En un momento como el actual, en el que el poder adquisitivo de la mayor parte de la población española ha disminuido seriamente, la infelicidad y la frustración se incrementa notablemente al no disponer de medios para satisfacer esas necesidades creadas de forma tan burda. Más aun si tenemos en cuenta que muchas personas lo pasan realmente mal para poder cubrir sus necesidades más básicas. El sistema económico actual va en contra de la dignidad humana, que es un valor supremo. No digo esto sólo porque nos afecte ahora a nosotros. Al mismo tiempo el sistema produce la explotación laboral en determinados países emergentes, en cuya población irá creando a su vez necesidades artificiales que les lleven a asumir ese modo de vida esclavo completamente antinatural e innecesario. Además, mientras produce excedentes que son tirados a la basura en el mal llamado primer mundo, el sistema convive descaradamente y con una crueldad teñida de insensibilidad, con la miseria, el hambre y la muerte como paisaje habitual en los países del también mal llamado tercer mundo.
Existen culturas enteras cuyo objetivo principal no es el beneficio económico o apoderarse de las riquezas naturales, destruirlas o estropearlas, sino todo lo contrario, armonizarse con ellas. Puestos en el peor de los casos, que dichas sociedades fueran igual de infelices que aquellas que se rigen por el sistema capitalista actual (que no es así), al menos su postura es más inteligente, responsable y comprometida con el planeta y las generaciones venideras. Por tanto, se hace necesaria una detención del crecimiento en los términos que entendemos hoy mismo (crecimiento caníbal) así como una redistribución real de la riqueza. El objetivo de una sociedad no ha de ser el crecimiento, sino el progreso, entendido este no exclusivamente desde un punto de vista económico sino desde un punto de vista humanista. Si observamos bien el problema no afecta sólo a la economía, ni siquiera los sistemas políticos que se dan en la faz de la tierra están a la altura de las necesidades de los pueblos que los soportan. No hablo ya de las dictaduras (ya sean paternalistas u opresoras) es que ni siquiera las democracias representativas, que se han convertido en el mejor de los casos en unas oligarquías que disponen de unos medios de influencia para imponer su voluntad y de unos kafkianos mecanismos de control. Pero no seamos maniqueos, es demasiado simple y falaz generalizar y pensar que los políticos o los dirigentes son los malos y el pueblo los buenos. En realidad, todos los grupos sociales actúan como vasos comunicantes. Los políticos, los dirigentes y los banqueros salen de la misma sociedad, luego el problema realmente es un problema de valores de esa sociedad.
 Hay otras formas de desarrollo, el desarrollo de las personalidades, el pleno desarrollo de las potencialidades humanísticas, ser más humano, más persona. Decía Heidegger que el hombre olvida el ser para consagrarse al dominio de los entes, de las cosas. Por otra parte, Ernst Jünger decía que es dentro del ser humano donde es menester que se desarrolle un nuevo fruto, no en los sistemas. Pues bien, cuanto más nos ocupemos de nuestro ser y de lo que es realmente importante para nuestra existencia, antes desarrollaremos ese nuevo fruto que nos hará regirnos con unos sistemas más humanitarios y que producirán en nosotros un mayor grado de felicidad que los sistemas actuales.